El Pleno del Ayuntamiento de Alcalá de Henares ha aprobado por unanimidad que el parque situado entre la parroquia de San José y el pabellón deportivo Nuevo Alcalá, con frente a la calle Río Guadarrama, lleve el nombre de Ramón del Olmo. No es un simple cambio en el callejero. Es un gesto de ciudad.
Porque hay decisiones administrativas. Y hay decisiones que construyen memoria.
Un nombre que forma parte de Alcalá
Ramón del Olmo, Hijo Adoptivo de Alcalá de Henares, nació en 1927 y llegó a nuestra ciudad en 1937. Desde entonces, su vida quedó indisolublemente unida a la evolución de Alcalá durante casi nueve décadas. Fue testigo de la ciudad de posguerra, del crecimiento urbano, del renacer universitario y de la consolidación cultural que hoy conocemos.
Su trabajo como responsable de sonido en 16 ceremonias del Premio Cervantes lo sitúa en un lugar destacado de la historia reciente complutense. Pero su aportación va mucho más allá de lo institucional. Colaborador constante de asociaciones, cofradías y clubes deportivos, pregonero, cronista gráfico y sonoro de innumerables actos, su figura estaba ligada a la vida cotidiana de la ciudad. Una persona humilde que no buscaba protagonismo, pero siempre estaba donde había que estar.
Una personalidad imborrable
Sin embargo, si algo define a Ramón del Olmo no son solo sus méritos oficiales, sino su dimensión humana, su personalidad imborrable e inasequible al desaliento. Sus amigos de la juventud, casi infantil, lo recordaban con afecto y cierta nostalgia como El Monas, apodo ganado por la agilidad que tenía de joven, y que prácticamente mantuvo hasta sus últimos días.
Quedan fotografías entrañables de aquella época, saltando desde el desaparecido puente de la Tabla Pintora, muy cerca de donde hoy llevará su nombre un parque. Cuando el caudal baja en verano, aún pueden verse los restos de aquel puente. Son vestigios físicos de otra Alcalá, la misma que él vivió y ayudó a contar.
Esa agilidad no fue solo cosa de juventud. Bien entrada su edad octogenaria era habitual verlo recorrer la ciudad a pie, desde Ronda Henares hasta el Paseo del Val y la Ciudad Deportiva, con la raqueta al hombro, hacía uno de sus hobbies más saludables, el Tenis. Una imagen que resume vitalidad, disciplina y amor por la vida activa.
Quienes tuvieron la fortuna de escucharle saben que también fue un narrador de su tiempo. Sus historias eran pequeñas crónicas de una Alcalá que cambiaba, pero que mantenía intacta su esencia.
Justicia con una trayectoria
Que un parque lleve su nombre no es un gesto menor. Es integrar su recuerdo en el paisaje urbano, hacerlo cotidiano, permitir que nuevas generaciones pregunten quién fue y por qué merece estar en el callejero.
Desde nuestra humilde opinión, se ha hecho justicia con don Ramón. Con el que para muchos fue el más alcalaíno de los hijos adoptivos.
Las ciudades necesitan referentes cercanos. Personas que, sin grandes titulares nacionales, sostienen durante décadas la vida cultural, deportiva y social. Alcalá tiene muchos nombres ilustres en su historia, pero también tiene nombres imprescindibles.
Y si hoy celebramos este reconocimiento, quizá también sea momento de reflexionar sobre otros vecinos que han dejado huella profunda en la ciudad. Entre ellos, el recientemente añorado Emilio Pacios Bisbal, para muchos el más alcalaíno de los gallegos. Porque la memoria no es nostalgia: es identidad, y cuando Alcalá honra a los suyos, se honra a sí misma.












