Esta semana se han cumplido 30 años del primer estand de Alcalá de Henares en FITUR. Treinta años ya de aquel FITUR de 1996 en el que la ciudad estuvo por primera vez presente con estand propio, con identidad, con nombre y con una apuesta clara por mostrarse al mundo como destino. Aquel FITUR fue, sobre todo, una declaración de intenciones.
1995 primera presencia sin estand propio
Antes de 1996 Alcalá ya había estado en FITUR. En 1995, con el anterior gobierno municipal, desde la Concejalía de Cultura que dirigía la no olvidada Dolores Pérez Quirós, la ciudad tuvo presencia, se ofrecieron también migas y almendras garrapiñadas y se celebró el Día de Alcalá. Pero no hubo estand propio. Alcalá ocupaba entonces un espacio dentro del estand de la Comunidad de Madrid. Lo cierto es que fue un primer y meritorio intento donde se sentaron las bases de lo que posteriormente se desarrolló.
No obstante 1996 marcó un antes y un después. No porque Alcalá descubriera FITUR, sino porque decidió presentarse como ciudad, con proyecto, con relato y con ambición turística propia.
Un desembarco que no fue discreto
No fue un desembarco discreto. Todo lo contrario. Alcalá llegó a FITUR con migas para 500 personas, migas con chocolate, almendras garrapiñadas, folclore, música, tradición y calle trasladada al pabellón. La Brigada Paracaidista colaboró elaborando aquellas migas multitudinarias que aún hoy muchos recuerdan. No era solo promoción turística: era escenificar ciudad, que se viera claramente que Alcalá no era un municipio dormitorio más de la Comunidad de Madrid.
Estuvieron la Escuela de Folclore Complutense, la Tuna de Alcalá, los zancudos que amenizaron la jornada, y la Granja La Esgaravita contó con su espacio propio. Llegó a haber dos estands (según fuentes de la época), se celebró con fuerza el Día de Alcalá en FITUR, y durante unas horas Alcalá de Henares se trasladó, con toda su identidad, a los pabellones de la feria.
El origen de una estrategia turística
Nada de aquello fue casual. Fue el fruto de una política iniciada un año antes, en 1995, cuando un joven alcalde de 27 años, Bartolomé González, llegó al Ayuntamiento y tomó una decisión clave: crear por primera vez en la historia de Alcalá la Concejalía de Turismo. Al frente de ella situó a otra veinteañera, Marta Viñuelas, y juntos pusieron las bases de una estrategia turística que hoy parece evidente, pero que entonces no existía.
Aquel impulso no se quedó solo en las instituciones. En 1995, poco después de la creación de la Concejalía de Turismo, nació también la primera empresa de servicios turísticos de la ciudad: Promoción Turística Alcalá. Fue el inicio de la profesionalización del turismo local.
Es cierto que ya en 1986, desde la propia sociedad civil, se había dado un primer paso con la creación de Fomentur, una iniciativa pionera para atraer visitantes a través de la gastronomía, germen de lo que hoy conocemos como Alcalá Gastronómica, impulsores de la semana que lleva el mismo nombre. Pero hasta mediados de los noventa, esos esfuerzos estaban dispersos y carecían de una estructura clara. En aquellos años, incluso la propia Universidad de Alcalá no tenía organizadas las visitas, no existían circuitos definidos ni una convicción general de que el turismo pudiera convertirse en un motor real para la ciudad.
Visión, coordinación y legado
Aquel equipo joven, con ilusión y visión, decidió ordenar, impulsar y coordinar todo ese potencial. Empezaron a dinamizar visitas, a construir relato, a unir lo público y lo privado, y a apostar por algo que entonces no estaba garantizado: que Alcalá podía y debía abrirse al mundo. De aquel impulso, dos años después, en unión de las dos grandes instituciones de la ciudad —Universidad y Ayuntamiento—, y de toda la sociedad civil, llegó la Declaración de Patrimonio de la Humanidad.
Memoria, no nostalgia
Treinta años después, la Alcalá que conocemos hoy no se entendería sin aquellos pasos iniciales. Sin los primeros intentos sociales, sin la decisión política de crear una concejalía específica, sin la aparición de empresas especializadas y sin aquel primer estand en FITUR.
Recordarlo no es nostalgia. Es memoria histórica. Y también una forma honesta de reconocer que las ciudades no se construyen solas: las construyen personas que, en su momento, se atrevieron a creer.












